Marta tiene 46 años y le quedan cuatro ciclos de quimioterapia. Llega a la primera sesión con una libreta llena de preguntas que no se ha atrevido a hacerle a su oncóloga y con una frase que repite varias veces: «Todo el mundo me dice que tengo que ser positiva». Duerme mal, lleva dos meses de baja y no sabe qué contarle a su hijo de once años. No tiene un trastorno mental. Tiene cáncer, y el cáncer le ha desordenado casi todo lo demás. Ese es el terreno de la psicooncología.

Esta guía está pensada para psicólogas y psicólogos que atienden, o quieren atender, a personas con cáncer y a sus familias. Repasa qué es la psicooncología, cómo aparece el malestar en cada fase de la enfermedad, cómo se evalúa con herramientas breves como el termómetro del distrés, qué intervenciones tienen respaldo, cómo trabajar con la familia y con el equipo médico y cómo organizar una consulta en la que el calendario lo marcan los ciclos de tratamiento y no el paciente.

Qué es la psicooncología

La psicooncología es el área de la psicología que se ocupa de los aspectos emocionales, sociales y de conducta del cáncer: cómo afecta la enfermedad a quien la tiene y a su entorno, y cómo influyen esos factores en la calidad de vida, en la adaptación a los tratamientos y en la relación con el equipo sanitario. Atiende a pacientes y a familiares, y también a los profesionales que trabajan en oncología.

Como disciplina se consolidó a finales de los años setenta. En 1977 la psiquiatra Jimmie Holland puso en marcha en el Memorial Sloan Kettering de Nueva York el primer servicio de psiquiatría de un hospital oncológico, y en 1984 fue una de las fundadoras de la International Psycho-Oncology Society (IPOS). El estándar de calidad de la IPOS pide que la atención psicosocial forme parte de la atención oncológica de rutina y que el malestar emocional se mida como el sexto signo vital, después de la temperatura, la tensión arterial, el pulso, la frecuencia respiratoria y el dolor.

Hoy un psicooncólogo trabaja en hospitales, en unidades de cuidados paliativos, en asociaciones de pacientes y, cada vez más, en consultas privadas. En España, la Asociación Española Contra el Cáncer ofrece atención psicológica gratuita a pacientes y familiares, y muchos hospitales tienen su propia unidad. Aun así, la oferta no llega a todas partes con la misma intensidad ni con la frecuencia que algunas personas necesitan, y buena parte del apoyo psicológico en el cáncer acaba pasando también por consultas como la tuya.

El malestar emocional en el cáncer

La mayoría de las personas con cáncer no cumple criterios de ningún trastorno mental. Eso no quiere decir que lo lleve bien. El malestar (en inglés, distress) es una experiencia desagradable de tipo emocional, psicológico, social o espiritual que interfiere en la capacidad de afrontar la enfermedad y sus tratamientos. Se entiende como un continuo: en un extremo están la tristeza, el miedo y la preocupación esperables ante un diagnóstico así; en el otro, cuadros que sí necesitan tratamiento, como un trastorno de adaptación, una depresión o un trastorno de ansiedad.

El resumen para profesionales del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos sobre la adaptación al cáncer, la ansiedad y el sufrimiento recoge tasas de malestar significativo de entre el 22 % y el 58 % según el estudio, y alrededor de un 40 % cuando se agrupan los resultados. Dicho de otra forma: casi la mitad de los pacientes lo pasa lo bastante mal como para que merezca la pena preguntar, y la otra mitad se adapta con sus propios recursos. Distinguir a unos de otros es la primera tarea.

Algunos factores aumentan el riesgo: antecedentes de ansiedad o depresión, poco apoyo social, dificultades económicas, hijos pequeños a cargo, dolor mal controlado o un pronóstico incierto. Y hay una idea del entorno que conviene desmontar pronto, la de que el ánimo cura o de que pensar en positivo es una obligación. No hay pruebas sólidas de que una actitud positiva cambie la evolución del cáncer, y la presión por estar bien suele añadir culpa a quien ya lo está pasando mal.

Qué cambia en cada fase de la enfermedad

Lo que preocupa a una persona con cáncer no es lo mismo el día del diagnóstico que dos años después de terminar el tratamiento. La psicooncología adapta los objetivos a cada momento.

El diagnóstico

Las primeras semanas suelen ser de choque: incredulidad, miedo, sensación de irrealidad y una avalancha de información médica difícil de digerir. Es habitual que la persona no recuerde ni la mitad de lo que le dijeron en la consulta de oncología. Aquí sirven la escucha, la psicoeducación sobre las reacciones normales, ayudar a ordenar las preguntas para el equipo médico y, a veces, algo tan concreto como pensar juntos cómo y a quién contarlo.

Durante el tratamiento

La cirugía, la quimioterapia, la radioterapia o la inmunoterapia traen cansancio, cambios en el cuerpo, bajas laborales y una vida organizada alrededor del hospital. La ansiedad sube antes de cada prueba y de cada resultado, lo que en inglés ya tiene nombre propio: scanxiety. El objetivo es sostener la adaptación, manejar síntomas concretos y evitar que la enfermedad ocupe toda la identidad de la persona.

La supervivencia

Terminar el tratamiento no siempre trae alivio. Muchos pacientes lo describen como bajarse de un tren en marcha: el equipo médico deja de estar presente cada semana, el entorno espera que todo vuelva a la normalidad y aparecen las secuelas físicas, las dificultades para volver al trabajo y el miedo a la recidiva. Es una fase en la que la consulta privada tiene mucho que aportar, porque el hospital ya no está tan cerca.

Enfermedad avanzada y final de la vida

Cuando el cáncer no tiene curación, el trabajo se centra en el control de síntomas, la dignidad, el sentido, la comunicación con la familia y las decisiones que quedan por tomar. El psicooncólogo acompaña también el duelo anticipado de los familiares y, más adelante, el duelo por la pérdida, que tiene sus propias fases y necesidades y que explicamos en la guía de terapia de duelo.

Evaluación en psicooncología: el cribado del malestar

La herramienta más estudiada es el termómetro del distrés (Distress Thermometer), de la National Comprehensive Cancer Network: una escala visual con forma de termómetro que va de 0 (sin malestar) a 10 (malestar extremo) y que se acompaña de una lista de problemas prácticos, familiares, emocionales, espirituales y físicos. Se contesta en un par de minutos. En los estudios, una puntuación de 4 o más es la que mejor separa a quienes tienen síntomas clínicamente significativos de ansiedad y depresión, y es el punto a partir del cual se recomienda una evaluación más completa.

Otras herramientas frecuentes son la HADS (Escala Hospitalaria de Ansiedad y Depresión), pensada para personas con enfermedad física porque no se apoya en síntomas somáticos que el propio tratamiento puede provocar, y el PHQ-9 o el GAD-7 para seguir la evolución de la depresión y de la ansiedad. Ninguna sustituye a la entrevista. El cribado dice a quién hay que mirar con más atención, no qué le pasa.

En la entrevista conviene explorar lo que el paciente sabe y quiere saber de su enfermedad, su red de apoyo, su situación laboral y económica, las preocupaciones por los hijos o por la pareja, el dolor y el sueño, el consumo de alcohol y otras sustancias, los antecedentes psicológicos y, siempre, la ideación suicida, que en personas con cáncer merece una pregunta directa.

Intervenciones en psicooncología con respaldo

No hay una única técnica. Lo habitual es combinar varias según la fase, el síntoma y lo que el paciente quiere trabajar.

Psicoeducación y apoyo

Explicar las reacciones esperables, normalizar el miedo, dar información útil sobre el proceso y ayudar a preparar las consultas médicas. Parece poca cosa y a menudo es lo que más baja la ansiedad en las primeras semanas.

Terapia cognitivo-conductual

Es la que más apoyo tiene para la ansiedad, la depresión y el insomnio en pacientes oncológicos. Trabaja las preocupaciones y la rumiación, la activación conductual cuando la persona ha dejado de hacer cosas que le importaban, la resolución de problemas y la relajación. Se adapta bien a formatos breves y a sesiones más cortas cuando el cansancio aprieta.

Mindfulness y terapia de aceptación y compromiso

Los programas de mindfulness adaptados al cáncer y la ACT ayudan a convivir con lo que no se puede controlar, como la incertidumbre, los síntomas o los resultados que tardan, sin que eso paralice la vida. Encajan especialmente bien en la supervivencia y en el miedo a la recidiva.

Terapias centradas en el sentido y la dignidad

En la enfermedad avanzada tienen respaldo la psicoterapia centrada en el sentido de William Breitbart, la terapia de la dignidad de Harvey Chochinov y el modelo CALM (Managing Cancer and Living Meaningfully), que trabaja los síntomas, los cambios en la identidad y en las relaciones, el sentido y la preparación para el final. No buscan quitar la tristeza. Buscan que la persona pueda vivir el tiempo que tiene de acuerdo con lo que le importa.

Pareja y grupos

El cáncer lo vive la pareja entera. Las sesiones conjuntas ayudan con la comunicación, la sexualidad y el reparto de los cuidados. Los grupos de pacientes, bien conducidos, reducen el aislamiento y permiten aprender de quienes van un paso por delante.

Síntomas que se trabajan en consulta

  • Fatiga relacionada con el cáncer. No se va descansando. Se trabaja la dosificación de la actividad, el ejercicio adaptado cuando el equipo médico lo autoriza y las expectativas del paciente y de quienes le rodean.
  • Insomnio. Muy frecuente y muy tratable. La terapia cognitivo-conductual para el insomnio funciona también en pacientes oncológicos y evita cronificar los hipnóticos.
  • Náuseas anticipatorias. Hay personas que empiezan a tener náuseas al oler el hospital o al ver a la enfermera, a veces días antes del ciclo. Es un condicionamiento clásico y responde bien a la relajación y a la desensibilización sistemática.
  • Imagen corporal y sexualidad. La mastectomía, una ostomía, la caída del pelo o los cambios de peso afectan a la autoestima y a la vida sexual, y rara vez salen en la consulta médica. Merece la pena sacar el tema tú.
  • Dificultades cognitivas. Fallos de memoria y de concentración durante y después del tratamiento, lo que muchos pacientes llaman «niebla mental». Validar que existen, pactar estrategias compensatorias y, si persisten, derivar para una evaluación neuropsicológica.
  • Dolor. El control es médico, pero el componente emocional, la catastrofización y el miedo a moverse se trabajan en sesión.

El miedo a la recidiva

El miedo a la recidiva, el miedo a que el cáncer vuelva o avance, es de las preocupaciones más frecuentes entre quienes han terminado el tratamiento, y en una parte de ellos no se suaviza con el tiempo. Se nota en la vigilancia constante de cualquier síntoma, en las semanas previas a cada revisión, en evitar hablar del tema o, al revés, en buscar información sin parar.

Un poco de miedo es lógico y hasta protege. Pasa a ser un problema cuando ocupa buena parte del día, impide hacer planes o lleva a pedir cita con el médico por cada molestia. Hay intervenciones específicas y breves. ConquerFear, desarrollada en Australia y probada en un ensayo clínico publicado en el Journal of Clinical Oncology, trabaja en cinco sesiones el entrenamiento atencional, las creencias sobre la preocupación, la aceptación, la conducta de revisión y las metas basadas en valores. Programar sesiones de refuerzo alrededor de las revisiones médicas es buena práctica: es justo cuando más falta hacen.

Familia, hijos y cuidadores

El paciente oncológico casi nunca llega solo. La familia sufre, cuida, se agota y a veces protege tanto que aísla. La llamada conspiración del silencio, el acuerdo más o menos explícito de ocultar al paciente información sobre su diagnóstico o su pronóstico, nace casi siempre del cariño y del miedo, pero deja al paciente solo con preguntas que no puede hacer. Trabajarla con la familia, respetando el ritmo del paciente y lo que quiere saber, es una de las tareas más delicadas de la psicooncología.

Con los hijos, la pregunta más habitual es qué contarles. La respuesta general es la verdad adaptada a la edad: nombrar la enfermedad, explicar qué cambios van a notar en casa, dejar claro que no es culpa suya y que no se contagia, y mantener las rutinas. Los niños perciben mucho más de lo que se les dice, y el silencio les deja imaginar cosas peores.

Los cuidadores principales tienen un riesgo alto de sobrecarga, ansiedad y depresión. Conviene preguntarles cómo están ellos, no solo cómo está el paciente, y ofrecerles su propio espacio si lo necesitan.

Cuando el paciente es un niño: psicooncología pediátrica

En la infancia se trabaja con el niño y con sus padres a la vez: preparación para procedimientos médicos, manejo del dolor y de la ansiedad, vuelta al colegio, hermanos que se sienten desplazados y padres que lo sostienen todo durante meses. Suele implicar coordinación con el hospital y con el centro escolar, y consentimientos firmados por los progenitores cuando corresponde.

Coordinarse con el equipo oncológico

Trabajar en psicooncología desde una consulta privada obliga a hablar con el oncólogo, con el médico de familia o con la unidad de paliativos. Algunas pautas que evitan problemas:

  • Pide al paciente su autorización por escrito para coordinarte con su equipo médico y deja constancia de qué información se comparte y con quién.
  • Pregunta por el calendario de tratamiento: las semanas de más cansancio o de defensas bajas deciden si la sesión es presencial u online.
  • Deriva sin demora ante ideación suicida, confusión, un posible delirium o síntomas depresivos graves, que pueden necesitar valoración psiquiátrica o un ajuste de la medicación.
  • Ten presente que algunos fármacos y tratamientos producen síntomas que parecen psicológicos: los corticoides alteran el ánimo y el sueño, y la anemia o los problemas de tiroides dan cansancio y apatía. Ante un cambio brusco, pregunta por la medicación antes de interpretarlo.

Organizar la psicooncología en una consulta privada

La parte clínica es la más importante, pero la logística decide si el tratamiento se sostiene. Un paciente oncológico no puede adaptarse a una agenda rígida, y algunas decisiones conviene tomarlas desde el principio:

  • Horarios flexibles. Los ciclos de tratamiento marcan semanas buenas y semanas malas. Mover una cita sin que suponga un trámite se nota en la adherencia.
  • Sesiones online y a domicilio. En las semanas de más cansancio o de riesgo de infección, la videoconsulta mantiene la continuidad. En fases avanzadas, algunas sesiones pueden hacerse en casa del paciente o en el hospital.
  • Duración variable. Hay días en los que media hora es todo lo que el paciente puede sostener, y otros en los que una sesión con la familia necesita hora y media.
  • Una política de cancelaciones con sentido común. Anular por una fiebre o por un ingreso no se puede tratar igual que un olvido. Déjalo escrito en el encuadre para que nadie tenga que justificarse.
  • Tarifas. El cáncer suele traer bajas y gastos nuevos. Hay psicólogas y psicólogos que ofrecen tarifas reducidas o bonos de sesiones a estos pacientes; si lo haces, que sea con criterios claros. Y no está de más informar de los recursos gratuitos de asociaciones y hospitales.
  • Confidencialidad reforzada. Los datos de salud son una categoría especial en el RGPD, y en psicooncología la historia clínica recoge información médica muy sensible. Guárdala en un sistema con acceso protegido y comparte solo lo imprescindible, con autorización.

Cuidar al psicooncólogo

Acompañar a personas con cáncer, y a veces su final, tiene un coste emocional. La fatiga por compasión y el desgaste profesional son frecuentes en oncología. La supervisión, la intervisión con compañeros, limitar el número de casos de enfermedad avanzada que llevas a la vez y proteger tus propios espacios forman parte del trabajo, no son un extra. En la guía sobre el burnout del psicólogo y el autocuidado tienes señales de alarma y medidas concretas.

Qué registrar en cada sesión

En psicooncología la historia clínica sirve para seguir la evolución emocional y, además, para no perder el hilo de un proceso médico que cambia cada pocas semanas. Suele bastar con esto:

  • La fase de la enfermedad y el momento del tratamiento: ciclo, pruebas pendientes, resultados recientes.
  • La puntuación del termómetro del distrés u otra escala breve, si la usas, y los problemas que marca el paciente.
  • Los síntomas trabajados (sueño, fatiga, náuseas anticipatorias, miedo a la recidiva) y cómo evolucionan.
  • Lo que se ha hablado con la familia o con el equipo médico, con la autorización correspondiente.
  • El riesgo: ideación suicida, aislamiento, consumo de alcohol u otras sustancias.
  • Lo acordado para la próxima sesión y si será presencial u online.

Organizar la psicooncología con My Psico Agenda

My Psico Agenda no hace la intervención ni sustituye tu criterio clínico. Se encarga de la parte práctica, que en psicooncología pesa más de lo habitual: citas que se mueven con los ciclos de tratamiento, familias implicadas, información sensible y pacientes que algunas semanas no pueden venir.

  • Cada cita puede durar 30, 45 o 60 minutos, 1 h 30 min o 2 horas, así que caben la sesión corta de una semana de quimioterapia y la sesión larga con la familia. Al elegir al paciente, la cita muestra en pequeño qué número de sesión es, «(Cita número 8)».
  • Cada paciente tiene su propio espacio desde el que puede pedir o anular una cita, siempre dentro de tu horario laboral. Si anula una sesión por una fiebre o un ingreso, lo ves en tu agenda y esa hora aparece como hueco libre para otra persona.
  • Los recordatorios por WhatsApp salen 24 horas antes con botones para confirmar o anular, y se pueden desactivar para un paciente concreto desde su ficha, por ejemplo en una fase avanzada en la que la familia prefiere hablar las citas por teléfono.
  • En la historia clínica escribes la nota de cada sesión, y en los archivos del paciente guardas informes médicos o escalas (el espacio disponible depende del plan). El consentimiento informado se firma en la app o a distancia con un enlace, y en la ficha de un menor constan la madre y el padre.
  • Las estadísticas de cada paciente muestran cuántas sesiones lleva, cada cuánto viene y cuántos días han pasado desde la última, algo útil para no perder de vista a quien ha dejado de venir en una fase difícil.

La aplicación no hace videollamadas: si la sesión es online, anotas en la cita el enlace de la herramienta que uses. Si trabajáis varios psicooncólogos en un centro o en una asociación, la agenda de centro enseña la semana de cada terapeuta de un vistazo. Tienes el resumen de todo en la página del software para psicólogos. Los planes individuales empiezan en 4,99 €/mes + IVA (plan Semilla, con hasta 25 pacientes) y los de centro en 124,99 €/mes + IVA. Sin permanencia: cancelas cuando quieras.

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Preguntas frecuentes

Las dudas que más se repiten en consulta y en supervisión sobre la psicooncología.

¿Qué hace un psicooncólogo?

Evalúa y trata el malestar emocional de las personas con cáncer y de sus familias en cualquier fase de la enfermedad, desde el impacto del diagnóstico hasta la supervivencia, la enfermedad avanzada y el duelo. Trabaja síntomas concretos como el insomnio, las náuseas anticipatorias, la fatiga o el miedo a la recidiva, ayuda en la comunicación con el equipo médico y con la familia y puede apoyar también a los propios profesionales de oncología.

¿Todas las personas con cáncer necesitan un psicólogo?

No. Muchas se adaptan con sus propios recursos y su red de apoyo. Alrededor de un 40 % presenta un malestar significativo en algún momento, y ahí la atención psicológica sí marca la diferencia. Por eso se recomienda un cribado breve, como el termómetro del distrés, al principio y en los momentos de cambio del tratamiento.

¿Cuándo conviene empezar: en el diagnóstico o al terminar el tratamiento?

Cuando el malestar interfiera en la vida de la persona, sea en la fase que sea. Muchos pacientes piden ayuda al recibir el diagnóstico; otros, al terminar el tratamiento, cuando el entorno espera que todo haya vuelto a la normalidad y aparece el miedo a la recidiva. No hace falta esperar a un momento concreto.

¿Se puede hacer psicooncología online?

Sí, y en algunas fases es la mejor opción: en las semanas de más cansancio o de riesgo de infección, o cuando el paciente vive lejos. Conviene acordar qué hacer si la conexión falla o si aparece una crisis, y alternar con sesiones presenciales cuando el estado del paciente lo permita.

¿Qué formación hace falta para trabajar en psicooncología?

En España, la atención psicológica en consulta es una actividad sanitaria y requiere ser psicólogo general sanitario o especialista en psicología clínica. A partir de ahí, lo recomendable es una formación específica en psicooncología y cuidados paliativos, práctica supervisada y conocer bien los tratamientos oncológicos y sus efectos, porque condicionan todo el trabajo.

¿Cómo se explica a un niño que su madre o su padre tiene cáncer?

Con la verdad adaptada a su edad: nombrar la enfermedad, contar qué cambios va a notar en casa, dejar claro que no es culpa suya y que no se contagia, y responder a lo que pregunte sin adelantar más de lo que quiere saber. Mantener las rutinas y avisar al colegio ayuda. El silencio suele asustar más que una explicación sencilla.

¿Qué es el miedo a la recidiva y cuándo hay que tratarlo?

Es el miedo a que el cáncer vuelva o avance. Un poco es normal, sobre todo antes de las revisiones. Hay que tratarlo cuando ocupa buena parte del día, impide hacer planes o lleva a revisar el cuerpo constantemente o a pedir cita médica por cada síntoma. Existen intervenciones específicas y breves, como ConquerFear, con buenos resultados en ensayos clínicos.