Marta tiene 31 años, es arquitecta y hace dos meses la nombraron jefa de proyecto. En la primera sesión cuenta que duerme mal desde el ascenso, que revisa cada plano tres veces y que contesta correos a las once de la noche. Cuando le preguntas por qué cree que la eligieron a ella, no lo duda: «Porque el otro candidato se fue a otra empresa. Fue cuestión de suerte». Lleva diez años con evaluaciones excelentes y aun así está convencida de que cualquier día alguien se dará cuenta de que no está a la altura. Lo que describe tiene nombre, y es mucho más común de lo que ella cree: el síndrome del impostor.

Esta guía está pensada para psicólogas y psicólogos que se lo encuentran en consulta, y también para quien se reconoce en Marta. Repasa qué es el síndrome del impostor y por qué no es un diagnóstico, cómo se manifiesta, el ciclo que lo mantiene, en quién aparece (incluidos los propios psicólogos), cómo se evalúa y cómo se trabaja en terapia.

Qué es el síndrome del impostor

El diccionario de psicología de la APA lo describe como la situación en la que personas con logros y éxito objetivos creen, paradójicamente, que son un fraude y que tarde o temprano fracasarán y quedarán al descubierto como incompetentes. Lo bautizaron en 1978 las psicólogas clínicas Pauline Rose Clance y Suzanne Imes con el nombre de fenómeno del impostor. Lo describieron en un grupo de estudiantes universitarias con notas brillantes que, a pesar de ellas, sentían que casi todo lo que habían conseguido se debía al azar o a un error.

Lo que lo define es el desajuste entre lo que la persona ha demostrado y lo que cree de sí misma. Puede acumular títulos, buenas evaluaciones y clientes satisfechos sin que nada de eso cambie la sensación de fondo: «no soy tan bueno como piensan». Y los elogios, en lugar de tranquilizar, suelen aumentar el miedo, porque suben el listón de lo que habrá que seguir aparentando.

Fuera del ámbito académico se ha popularizado como síndrome del impostor, y así es como lo busca casi todo el mundo. En este artículo usamos las dos expresiones como sinónimos.

¿Es un trastorno? Lo que dice la investigación

No. El síndrome del impostor no aparece como diagnóstico ni en el DSM-5-TR ni en la CIE-11. Es una manera de vivir el propio rendimiento, con pensamientos, emociones y conductas bastante reconocibles, que va desde unas dudas pasajeras hasta un malestar que condiciona decisiones importantes.

La revisión sistemática más citada sobre el tema, publicada en 2020 en el Journal of General Internal Medicine por Bravata y su equipo, reunió 62 estudios con 14.161 participantes. Sus conclusiones ayudan a ponerlo en su sitio:

  • La prevalencia depende de cómo se mida. Las cifras iban del 9 % al 82 %, sobre todo según el cuestionario y el punto de corte de cada estudio. Cualquier titular del tipo «el 70 % de la gente lo sufre» simplifica mucho.
  • Afecta a hombres y a mujeres, y aparece en todas las edades estudiadas, desde la adolescencia hasta el final de la carrera profesional. Las tasas eran especialmente altas en grupos de minorías étnicas.
  • Rara vez viene solo. A menudo coexiste con depresión y ansiedad, y se asocia a peor rendimiento, menos satisfacción en el trabajo y burnout, también entre profesionales sanitarios.
  • No había estudios de tratamiento. Ninguno de los trabajos publicados hasta entonces evaluaba una intervención concreta.
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Que no sea un diagnóstico no significa que no haya que tratarlo. El malestar es real, condiciona carreras enteras y suele ir de la mano de ansiedad o de un estado de ánimo bajo. Lo que se hace en consulta se apoya en técnicas con buena evidencia para problemas vecinos, como el perfeccionismo, la ansiedad o la baja autoestima.

Señales del síndrome del impostor

Casi nadie llega a consulta diciendo «tengo síndrome del impostor». Llegan por ansiedad, por agotamiento, por un ascenso que no disfrutan o porque llevan meses sin atreverse a dar un paso. Estas son las señales que conviene explorar:

  • Atribuir los éxitos a factores externos: la suerte, el momento, la ayuda de otros, que el examen era fácil o que el cliente «no se dio cuenta».
  • Atribuirse los fallos, y de forma global. Un error no es un error: es la prueba de que nunca debieron confiar en ti.
  • Miedo a que te descubran. La sensación de estar engañando a todo el mundo y de que tarde o temprano se sabrá.
  • Quitarles valor a los elogios. «Lo dicen por quedar bien», «no saben cuánto me ha costado».
  • Prepararse en exceso o dejarlo todo para el final, dos caras de la misma ansiedad que veremos en el ciclo.
  • Compararse sin parar con compañeros que parecen saber más y esforzarse menos.
  • Evitar retos: no pedir un aumento, no presentarse a una plaza, rechazar una ponencia o no abrir la propia consulta «hasta tener otro máster».
  • No disfrutar de los logros. El alivio dura poco y enseguida llega la siguiente prueba.

Vistas desde fuera, muchas de estas conductas parecen virtudes: responsabilidad, humildad, ganas de mejorar. Por eso pasan desapercibidas durante años, a veces también para la propia persona.

Tipos de síndrome del impostor: una clasificación divulgativa

Si buscas información, encontrarás a menudo cinco «tipos» de impostor: el perfeccionista, el experto, el genio natural, el solista y el superhéroe. Vienen del libro de la divulgadora Valerie Young y retratan bien estilos que se ven en consulta: quien no se permite un error, quien necesita saberlo todo antes de empezar, quien cree que si algo le cuesta es que no vale, quien nunca pide ayuda y quien tiene que brillar en todos los papeles a la vez. Pueden servir para que el paciente se reconozca, pero no son una clasificación validada por la investigación.

El ciclo del impostor: por qué el éxito no lo calma

Clance describió un patrón que explica por qué acumular éxitos no cura el síndrome del impostor y a veces incluso lo refuerza. Se conoce como el ciclo del impostor y tiene cinco pasos:

  1. Llega una tarea con peso: un examen, una presentación, un caso nuevo, un ascenso. Aparecen la ansiedad, la duda y la preocupación.
  2. La persona responde de una de dos maneras. O se prepara en exceso, mucho más de lo que la tarea pide, o lo aplaza y después trabaja a contrarreloj.
  3. La tarea sale bien y llega un alivio breve.
  4. El mérito se va fuera. Si se preparó en exceso, el éxito se explica por el esfuerzo desmedido («con tantas horas, cualquiera»). Si lo dejó para el final, por la suerte («esta vez ha colado»). Los elogios no cuentan.
  5. La sensación de fraude crece. La siguiente tarea parece más arriesgada que la anterior y el ciclo vuelve a empezar.

La trampa está en el segundo paso. El exceso de preparación funciona a corto plazo, así que se mantiene, y a la vez impide comprobar qué pasaría con un esfuerzo normal. La prueba de que la propia capacidad basta nunca llega. En terapia, dibujar dos o tres logros recientes del paciente sobre este ciclo suele ser el momento en el que entiende lo que le pasa.

En quién aparece y por qué

El síndrome del impostor aparece sobre todo en personas competentes que se mueven en entornos exigentes y donde se las evalúa a menudo. Es frecuente en estudiantes de carreras difíciles, en doctorandos, en profesiones sanitarias, en quien acaba de cambiar de puesto o de sector y en quien es el primero de su familia en llegar a la universidad o a un cargo. Los momentos de transición (el primer trabajo, un ascenso, emprender, cambiar de rol) son los que más lo activan.

Sobre su origen hay más hipótesis que certezas. La APA recoge que los estudios posteriores lo encontraron también en hombres y que el conflicto familiar temprano y la falta de apoyo de los padres pueden influir. En consulta se ven a menudo familias muy centradas en el rendimiento, etiquetas tempranas («la lista», «el responsable»), un cariño que parecía depender de los resultados o la sensación de no encajar en un entorno nuevo.

¿El síndrome del impostor es más frecuente en mujeres?

Se describió primero en mujeres y durante años se habló de él como un problema femenino. La investigación posterior no sostiene esa idea: la revisión de Bravata lo encontró común en ambos sexos, y la propia APA señala que los hombres también son susceptibles. Lo que sí pesa es el contexto. Ser minoría en un sector, recibir menos reconocimiento o tener que demostrar más que los compañeros alimenta la duda, y eso explica parte de las diferencias que encuentran algunos estudios.

El síndrome del impostor en psicólogos y terapeutas

Pocas profesiones reúnen tantos ingredientes para el síndrome del impostor como la nuestra. La psicoterapia trabaja con resultados que tardan en verse, con pacientes que mejoran por muchas razones a la vez y con una incertidumbre que no desaparece con los años. Si a eso se le suma el salto de la facultad o del máster a la consulta propia, el terreno está abonado.

Algunos pensamientos que se repiten en psicólogos que empiezan:

  • «Si mi paciente supiera que es mi tercer caso de pánico…»
  • «No puedo cobrar 60 euros por esto. ¿Y si no le ayudo?»
  • «Necesito otra formación antes de atender trauma, pareja o adolescentes.»
  • «Ha cancelado la cita. Seguro que se ha dado cuenta de que no sé lo que hago.»

El último merece un dato. En el metaanálisis de Swift y Greenberg, con 669 estudios y 83.834 pacientes adultos, la tasa media de abandono de la psicoterapia fue del 19,7 %: uno de cada cinco. Además variaba con factores como el diagnóstico y la edad del paciente, el contexto del tratamiento o la experiencia del profesional. Que un paciente deje de venir les pasa a todos los terapeutas. Es un motivo para revisar el caso (en nuestra guía sobre adherencia terapéutica repasamos cómo reducir el abandono), no una prueba de fraude.

Lo que más protege es lo mismo que le recomendaríamos a un paciente: hablarlo. La supervisión clínica y los grupos de intervisión con compañeros normalizan la duda y la convierten en preguntas concretas sobre casos concretos. También ayuda separar dos cosas que el impostor mezcla: la competencia clínica, que se construye con formación, práctica y supervisión, y la seguridad, que suele llegar bastante después. Si además notas cansancio acumulado, irritabilidad o ganas de dejarlo, repasa las señales del burnout en el psicólogo, porque los dos problemas se alimentan entre sí.

Una parte del impostor del psicólogo autónomo vive en el negocio más que en la clínica: ponerles precio a las sesiones, cobrar las que el paciente no avisa, decir que no. En la guía de tarifas por sesión de psicólogo tienes referencias para fijar el precio con criterio, y en nuestra agenda para psicólogos autónomos explicamos cómo llevar la consulta sin que la gestión se coma el día.

Síndrome del impostor, perfeccionismo, autoestima y ansiedad

El síndrome del impostor comparte terreno con otros problemas y a menudo convive con ellos. Distinguirlos ayuda a decidir por dónde empezar:

ProblemaQué teme o cree la personaDónde aparece
Síndrome del impostorQue descubran que no es tan competente como parece. Atribuye el éxito a la suerte o al esfuerzo excesivoEn los logros: estudios, trabajo, carrera
PerfeccionismoQue el resultado no sea impecable. Se impone estándares muy altosEn casi todo lo que hace
Baja autoestimaQue no vale como persona. Visión negativa global de sí mismaEn muchos ámbitos, también en las relaciones
Ansiedad socialQue los demás la juzguen de forma negativaEn situaciones sociales y en las que tiene que actuar delante de otros
DepresiónDesesperanza, culpa, pérdida de interésEn todo, con otros síntomas: sueño, apetito, energía

Con el perfeccionismo es con lo que más se solapa: muchos impostores son perfeccionistas, y el exceso de preparación del ciclo es autoexigencia pura. La diferencia está en el foco. El perfeccionista teme el error; el impostor teme que el error lo delate. Con la baja autoestima la diferencia es de alcance: alguien con síndrome del impostor puede sentirse bien consigo mismo como pareja, amigo o padre y dudar solo de su competencia profesional.

Si la duda se ha extendido a todo, si hay tristeza la mayor parte del día, pérdida de interés, cambios en el sueño o ideas de muerte, lo prioritario es evaluar una depresión. Y si la preocupación desborda el trabajo y abarca la salud, la familia o el dinero, conviene descartar un trastorno de ansiedad generalizada.

Cómo evaluar el síndrome del impostor

La evaluación empieza en la entrevista. Algunas preguntas que abren el tema sin ponerle etiqueta:

  • «Cuando algo te sale bien, ¿a qué lo atribuyes?»
  • «¿Qué se te pasa por la cabeza cuando alguien te felicita por tu trabajo?»
  • «¿Cómo te preparas para una tarea importante? ¿Cuánto tiempo le dedicas comparado con tus compañeros?»
  • «¿Has dejado de presentarte a algo por miedo a no estar a la altura?»
  • «Si los demás vieran cómo trabajas de verdad, ¿qué crees que descubrirían?»

La escala de Clance y otros cuestionarios del síndrome del impostor

Para cuantificarlo hay varios instrumentos. El más usado es la escala de Clance (Clance Impostor Phenomenon Scale, CIPS), que Pauline Rose Clance publicó en 1985: 20 afirmaciones que se puntúan de 1 («nada cierto») a 5 («muy cierto»), de modo que el total va de 20 a 100 y, cuanto más alto, más frecuentes e intensos son los sentimientos de impostor. La APA cita también la escala de Harvey (HIPS, 14 ítems) y la escala de fraudulencia percibida de Kolligian y Sternberg (PFS, 51 ítems).

Dos advertencias. La primera: no hay un punto de corte universal, y por eso las cifras de prevalencia cambian tanto de un estudio a otro. La segunda: una puntuación alta no es un diagnóstico. El cuestionario sirve para ponerle número a algo difuso, para que el paciente lo vea por escrito y para comparar la puntuación del principio con la de unos meses después. La CIPS tiene derechos de autor, así que revisa las condiciones de uso antes de incorporarla a tu consulta.

Además del cuestionario, explora lo que suele acompañarlo: síntomas de ansiedad y de depresión, señales de burnout, la calidad del sueño y si la persona está tirando de alcohol u otras sustancias para aguantar el ritmo.

Cómo se trata el síndrome del impostor en terapia

No hay un protocolo específico con ensayos clínicos detrás, y conviene decírselo al paciente con claridad. Lo que se hace es aplicar técnicas que funcionan en problemas vecinos, sobre todo de la terapia cognitivo-conductual, al patrón concreto de cada persona. Estas son las piezas más útiles para el tratamiento del síndrome del impostor.

Ponerle nombre

Saber que lo que te pasa tiene nombre, que se describió hace casi cincuenta años y que les ocurre a personas muy capaces ya alivia. La psicoeducación incluye el ciclo del impostor aplicado a los logros del propio paciente: qué tarea era, cómo se preparó, a qué atribuyó el resultado y qué hizo con los elogios.

Revisar a qué se atribuyen los éxitos

En el centro del síndrome del impostor hay un estilo de atribución: el éxito es externo y pasajero; el fracaso, interno y definitivo. Con reestructuración cognitiva se pone a prueba esa explicación. Un ejercicio sencillo es repartir un logro reciente en una tarta: qué porcentaje fue suerte, cuál la ayuda de otros y cuál las propias decisiones, la preparación y la experiencia. Casi siempre la porción de la suerte queda mucho más pequeña de lo que el paciente decía al empezar.

Experimentos conductuales para romper el ciclo

Discutir los pensamientos no basta si las conductas que los mantienen siguen igual. Los experimentos conductuales van a por el exceso de preparación y la evitación:

  • Preparar una presentación en la mitad del tiempo habitual y anotar antes qué se espera que pase. Después, comparar la predicción con el resultado.
  • Entregar un informe sin la tercera revisión.
  • Pedirle a un compañero o a un supervisor una opinión concreta sobre el trabajo, en lugar de esperar al juicio temido.
  • Presentarse a algo que se venía evitando y observar qué ocurre.

Se trata de descubrir que un esfuerzo razonable da resultados razonables, que es justo la prueba que el exceso de preparación impedía conseguir.

El registro de evidencias

Quien tiene síndrome del impostor suele tener una memoria muy selectiva: recuerda los errores con todo detalle y olvida los logros. Un registro de evidencias corrige ese sesgo. Cada semana el paciente anota hechos, no opiniones, que hablan de su competencia: un problema que resolvió, un comentario concreto de un cliente, un plazo que cumplió. Releerlo antes de una tarea importante ayuda a responder con datos al pensamiento «no sé hacer esto».

Autoexigencia, autocompasión y valores

Muchas veces también hay que trabajar los estándares: qué significa hacer cada tarea «suficientemente bien» y cuánto cuesta mantener el listón tan alto. La autocompasión ayuda a tratar los errores propios como se tratarían los de un compañero al que se aprecia. Y enfoques como la terapia de aceptación y compromiso enseñan a notar el pensamiento («estoy teniendo la idea de que soy un fraude») sin obedecerlo, y a seguir avanzando hacia lo que importa aunque la duda no haya desaparecido del todo.

El trabajo en grupo, sea un grupo terapéutico, de supervisión o de iguales, tiene aquí un efecto especial: oír a otras personas brillantes describir exactamente la misma sensación desmonta la idea de que «solo me pasa a mí».

Cómo superar el síndrome del impostor en el día a día

Si te has reconocido en este artículo, estas pautas suelen ayudar:

  • Ponle nombre cuando aparezca. «Este es el impostor hablando» crea distancia con el pensamiento.
  • Separa sentir de saber. Sentirte un fraude no demuestra que lo seas. Pregúntate qué datos tienes.
  • Guarda las pruebas. Una carpeta con correos de agradecimiento, evaluaciones y logros concretos.
  • Háblalo con alguien de confianza o con un mentor. Te sorprenderá cuánta gente te dice «a mí también».
  • Prueba a hacerlo suficientemente bien en alguna tarea de poco riesgo y fíjate en el resultado.
  • Cuidado con las comparaciones, sobre todo en redes sociales: comparas tu trastienda con el escaparate de los demás.

Cuándo pedir ayuda profesional

Sentirse inseguro ante un reto nuevo es normal. Conviene consultar con un psicólogo cuando el síndrome del impostor:

  • Te lleva a rechazar oportunidades, ascensos o proyectos que deseas.
  • Te hace trabajar muchas más horas de las razonables durante meses.
  • Viene con ansiedad intensa, problemas de sueño, tristeza persistente o agotamiento.
  • Te empuja a recurrir al alcohol u otras sustancias para aguantar.
  • Dura meses o años y no cambia por muchos logros que acumules.
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Si tienes pensamientos de muerte o de hacerte daño, no esperes. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, llama al 112.

Cómo documentar el trabajo con el síndrome del impostor

Como el progreso es gradual y el paciente tiende a no verlo, conviene dejar por escrito:

  • La puntuación de la escala al inicio y en cada revisión, con la fecha.
  • El mapa del ciclo con dos o tres situaciones reales del paciente.
  • Cada experimento conductual: la predicción, lo que pasó y la conclusión.
  • Los síntomas asociados (ansiedad, ánimo, sueño) y cómo evolucionan.
  • El contexto laboral o académico: cambios de puesto, evaluaciones, plazos.

Releer ese registro con el paciente a los tres o cuatro meses suele ser, en sí mismo, una intervención: es una lista de evidencias que ha construido él mismo.

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My Psico Agenda no evalúa ni trata a nadie: eso lo haces tú. Lo que hace es ordenar todo lo que rodea al tratamiento, que en un caso como este no es poco:

  • La historia clínica, sesión a sesión. En las notas privadas de cada sesión guardas el mapa del ciclo, las puntuaciones de la escala y el resultado de cada experimento, y ves la evolución sin rebuscar entre papeles.
  • El registro de evidencias, en manos del paciente. Subes la plantilla a «Archivos del paciente». Se sube como «Oculto»; cuando la pasas a «Visible», el paciente la encuentra en su espacio, en la pestaña «Documentos», y en la ficha ves «Visto» con la fecha en que la abrió.
  • Una hora fija cada semana. Con la «Terapia recurrente» reservas el hueco del paciente, y le llega un recordatorio por WhatsApp 24 horas antes con botones para confirmar o anular la cita.
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Preguntas frecuentes

Las dudas que más se repiten sobre el síndrome del impostor, en consulta y fuera de ella.

¿Qué es el síndrome del impostor?

Es la experiencia de personas competentes y con logros objetivos que, aun así, creen que no merecen su éxito, lo atribuyen a la suerte o a un error y temen que tarde o temprano se descubra que son un fraude. Lo describieron en 1978 las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne Imes con el nombre de fenómeno del impostor.

¿El síndrome del impostor es un trastorno mental?

No. No figura como diagnóstico en el DSM-5-TR ni en la CIE-11. Es un patrón de pensamientos, emociones y conductas que puede causar mucho malestar y que con frecuencia aparece junto a ansiedad, depresión o burnout. Por eso merece atención aunque no sea un trastorno en sí mismo.

¿Cuáles son los síntomas del síndrome del impostor?

Los más habituales son atribuir los éxitos a la suerte o a la ayuda de otros, sentir que se engaña a los demás, temer que te descubran, quitar valor a los elogios, prepararse en exceso o procrastinar ante tareas importantes, compararse constantemente y evitar retos como un ascenso o un proyecto nuevo.

¿Cómo se supera el síndrome del impostor?

En terapia se trabaja con psicoeducación sobre el ciclo del impostor, con reestructuración cognitiva de las atribuciones, con experimentos conductuales que reducen el exceso de preparación y la evitación, con un registro de evidencias y con trabajo sobre la autoexigencia y la autocompasión. En el día a día ayuda ponerle nombre, hablarlo y guardar pruebas concretas de los logros.

¿El síndrome del impostor afecta más a las mujeres?

Se describió primero en mujeres, pero la investigación posterior muestra que es frecuente en ambos sexos y en todas las edades. El contexto sí influye: ser minoría en un sector o tener que demostrar más que los demás alimenta la sensación de impostor.

¿Es normal sentirse un impostor al empezar a trabajar como psicólogo?

Es muy habitual. La terapia trabaja con resultados que tardan en verse y con mucha incertidumbre, y los primeros años suman además la presión de la consulta propia. La supervisión clínica, la intervisión con compañeros y separar la competencia, que se construye, de la seguridad, que llega después, son las mejores herramientas.

¿Qué test se usa para medir el síndrome del impostor?

El más utilizado es la escala de Clance (CIPS), con 20 afirmaciones que se puntúan de 1 a 5, de modo que el total va de 20 a 100. También existen la escala de Harvey (HIPS) y la escala de fraudulencia percibida (PFS). Ninguna diagnostica por sí sola: sirven para cuantificar el problema y ver su evolución.