Un niño de seis años entra por primera vez en la consulta. No se sienta en la silla que le ofreces: va directo a la casita de muñecas, mete al muñeco más pequeño debajo de una cama y coloca a todos los demás de espaldas. Después sale al pasillo a buscar a su madre. No ha dicho una sola frase sobre lo que le pasa, y aun así te ha contado bastante. La terapia de juego parte de esa observación tan sencilla: a esas edades casi nadie puede explicar con palabras lo que siente, pero sí puede jugarlo.

Esta guía está pensada para psicólogas y psicólogos que atienden a niños en consulta privada o que empiezan a hacerlo. Repasa qué es la terapia de juego, para qué casos tiene sentido y para cuáles no, los enfoques principales, las técnicas que más se usan, cómo montar una sala de juego sin gastar una fortuna, cómo se ponen los límites, qué papel tienen los padres y qué conviene registrar para que el proceso no dependa de la memoria.

Qué es la terapia de juego

La terapia de juego es una forma de psicoterapia infantil en la que el juego es el medio principal de comunicación entre el niño y el terapeuta. El diccionario de la APA la describe como el uso de actividades y materiales de juego (arcilla, agua, bloques, muñecos, marionetas, pintura de dedos) en la psicoterapia con niños, partiendo de la idea de que esas actividades reflejan su vida emocional y le permiten representar sentimientos y problemas en acción, en lugar de con palabras.

La asociación británica de terapeutas de juego (BAPT) añade un matiz útil: el niño explora a su propio ritmo y con su propia agenda los asuntos que le están afectando, y la relación con el terapeuta es lo que le permite usar sus propios recursos para cambiar. El juego va primero; la palabra, después.

Conviene dejar claro desde el principio lo que no es. No es jugar con un niño para que se relaje antes de «la parte seria», ni una actividad de ocio con un adulto simpático. Hay un modelo teórico detrás, un encuadre estable, unos objetivos acordados con la familia y un profesional formado que observa, responde y registra. Se usa sobre todo entre los 3 y los 11 o 12 años, aunque muchas de sus técnicas se adaptan bien a preadolescentes.

Para qué sirve la terapia de juego (y para qué no)

La terapia de juego se indica con frecuencia en situaciones como estas:

  • Miedos, preocupaciones excesivas y ansiedad de separación.
  • Rabietas intensas, agresividad o dificultades para regular el enfado.
  • Cambios que desbordan al niño: una separación de los padres, una mudanza, el nacimiento de un hermano, un cambio de colegio.
  • Duelo por la muerte de un familiar o de una mascota.
  • Experiencias difíciles o traumáticas, dentro de un plan más amplio.
  • Dificultades en la relación con otros niños, timidez que limita su vida diaria o baja autoestima.
  • Enfermedades crónicas, hospitalizaciones o procedimientos médicos que hay que preparar y elaborar.

Los metaanálisis de las últimas dos décadas encuentran efectos positivos, de tamaño moderado a grande según el estudio, y más claros cuando los padres participan de forma activa en el proceso. Eso no la convierte en la respuesta para todo. Un trastorno de conducta grave responde mejor a programas de entrenamiento de padres como la terapia de interacción padres-hijos (PCIT). Un trauma con síntomas intensos tiene tratamientos con más respaldo, como la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma (TF-CBT), que por cierto también usa el juego como vehículo. Y en los rasgos nucleares del autismo la terapia de juego no sustituye a las intervenciones del desarrollo específicas, aunque pueda ayudar con la ansiedad o la regulación emocional. En muchos casos la mejor decisión es combinarla.

Por qué funciona: el juego como lenguaje

Hay tres ideas que ayudan a entender lo que ocurre en la sala y a explicárselo a los padres sin tecnicismos.

La distancia simbólica. Hablar de lo que da miedo en primera persona es duro a cualquier edad. Que el dinosaurio se pierda en el bosque o que la familia de osos se mude de casa pone una capa de protección: el niño puede acercarse al tema tanto como aguante y alejarse cuando lo necesite, sin tener que admitir nada.

El dominio a través de la repetición. Un niño que ha vivido algo que no pudo controlar tiende a jugarlo una y otra vez, y en cada repetición puede cambiar el final, pasar de víctima a protagonista o ensayar respuestas nuevas. Aquí hay que estar atento: cuando el juego se repite de forma rígida, sin variación y con angustia creciente, puede tratarse de juego postraumático atascado, que necesita una intervención más dirigida.

La relación. Un adulto que mira sin juzgar, que pone en palabras lo que el niño siente y que mantiene los mismos límites cada semana es, en sí mismo, una experiencia correctora para muchos niños. Buena parte del cambio pasa por ahí.

Enfoques de terapia de juego

No existe una sola terapia de juego, sino una familia de enfoques que comparten el medio y difieren en cuánto dirige el terapeuta y en qué papel da a la familia. Desde los primeros trabajos de Hermine Hug-Hellmuth, Melanie Klein y Anna Freud, que ya usaban el juego en el análisis infantil, el campo ha crecido mucho.

Terapia de juego no directiva o centrada en el niño

Nace con Virginia Axline, que en 1947 formuló ocho principios básicos inspirados en el enfoque de Carl Rogers: aceptar al niño tal como es, crear un clima de permisividad, reconocer y reflejar sus sentimientos, confiar en su capacidad para resolver sus problemas, dejar que él dirija el juego, no apresurar el proceso y poner solo los límites necesarios para anclar la terapia en la realidad. Garry Landreth desarrolló después el modelo de terapia de juego centrada en el niño, que es probablemente el más estudiado. El terapeuta no propone juegos ni interpreta: acompaña, describe y refleja.

Terapia de juego directiva y cognitivo-conductual

En los enfoques directivos el terapeuta elige el material y propone actividades con un objetivo concreto: identificar emociones, practicar la resolución de problemas, exponerse de forma gradual a lo que da miedo o ensayar habilidades sociales. La terapia de juego cognitivo-conductual que describió Susan Knell integra técnicas como el modelado con marionetas, el refuerzo o la reestructuración de pensamientos adaptada a la edad. Funciona bien cuando el problema está bien delimitado y el niño necesita aprender algo nuevo, no solo expresarse.

Terapia filial: los padres como agentes de cambio

Bernard y Louise Guerney propusieron en los años sesenta formar a los padres para que ellos mismos hicieran sesiones de juego especiales en casa, con supervisión del terapeuta. El modelo de diez sesiones de Landreth y Bratton (CPRT) es su versión más estructurada. Es especialmente útil cuando la relación entre padres e hijo está deteriorada y cuando la familia no puede sostener una sesión semanal en consulta durante meses.

Caja de arena, Theraplay y otras variantes

La caja de arena, que Dora Kalff desarrolló a partir de la técnica del mundo de Margaret Lowenfeld, invita al niño a construir escenas con miniaturas sobre una bandeja de arena. Theraplay, creada por Ann Jernberg, es un enfoque estructurado y basado en el apego que trabaja la relación con juegos físicos entre padres e hijo. En hospitales, el juego terapéutico se usa además para preparar pruebas y procedimientos. Cada una de estas variantes pide formación específica: tener una bandeja con arena no convierte una sesión en terapia de caja de arena.

Técnicas de terapia de juego que se usan en consulta

Más allá del enfoque, hay un repertorio de respuestas y recursos que aparecen en casi todas las salas. Estas son las que más se usan en terapia de juego:

TécnicaPara qué sirveCómo suena en sesión
SeguimientoMostrar atención plena sin dirigir ni interpretar«Ahora estás poniendo a todos los coches en fila».
Reflejo de sentimientosPoner nombre a lo que el niño siente mientras juega«Ese muñeco está muy enfadado con su hermano».
Devolver la responsabilidadReforzar la autonomía y la toma de decisiones«Aquí puedes decidir tú de qué color es».
Juego simbólico con familias de muñecosRepresentar relaciones, rutinas y conflictos del hogarLa casita, las camas, quién come con quién.
MarionetasDecir a través de otro lo que cuesta decir en primera persona«¿Qué le diría el lobo a la oveja?».
Caja de arena y miniaturasConstruir escenas y observar su evolución entre sesionesUn mundo con una valla que separa dos zonas.
Dibujo, pintura y arcillaExpresión y descarga emocional, sobre todo en niños que hablan pocoAplastar la arcilla, volver a hacer la figura.
Juegos de mesa con reglasTurnos, tolerancia a la frustración, perder y ganarCómo reacciona cuando va perdiendo.
Cuentos terapéuticosOfrecer alternativas a través de una historia paralelaUn personaje que también tenía miedo de dormir solo.

La técnica más infravalorada es la más sencilla: describir en voz alta lo que el niño hace sin añadir juicios. Muchos niños no han tenido nunca a un adulto pendiente de su juego sin corregirlo, y eso ya cambia la calidad de la relación en pocas sesiones.

La sala de terapia de juego: materiales y organización

No hace falta una sala enorme ni juguetes caros. Landreth agrupa el material en tres categorías que siguen siendo una buena guía para seleccionar qué comprar:

  • Juguetes de la vida real: casita de muñecas con familia, cocinita, coches y ambulancia, teléfono, dinero de juguete, maletín de médico.
  • Juguetes para expresar la agresividad: animales salvajes, soldados, un muñeco para golpear, cojines. Las armas de juguete son una decisión de encuadre: hay profesionales que las incluyen y otros que no, y conviene que sea una decisión pensada, no una casualidad.
  • Material creativo: arcilla o plastilina, pinturas, papel grande, bloques, arena, telas y disfraces sencillos.

Más importante que la cantidad es la estabilidad: los mismos objetos, en el mismo sitio, sesión tras sesión. El niño necesita saber que la sala es predecible para poder permitirse lo impredecible dentro del juego. Si compartes despacho con adultos, una o dos cajas con el material básico que se montan y recogen siempre igual cumplen esa función. Los juguetes electrónicos y las pantallas suelen quitar más de lo que aportan.

Los límites en la terapia de juego

La permisividad no significa ausencia de normas. Los límites protegen al niño, al terapeuta y la sala, y marcan el final de la sesión. Landreth propone un esquema de tres pasos que funciona incluso con niños muy desbordados:

  1. Reconocer el sentimiento: «Estás muy enfadado conmigo».
  2. Comunicar el límite: «Pero a mí no se me pega».
  3. Ofrecer una alternativa: «Puedes pegarle al cojín o al muñeco».
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Pocos límites, siempre los mismos. Los que no pueden faltar son la seguridad física del niño y del terapeuta, no romper el material de forma deliberada y la hora de terminar. Cambiar las normas según el día o según lo cansado que estés deshace en una sesión lo que ha costado semanas construir.

Cómo se estructura un proceso de terapia de juego

La primera entrevista, sin el niño

Casi todos los procesos empiezan con una o dos entrevistas con los padres a solas: motivo de consulta, historia del desarrollo, situación familiar, colegio, qué han probado ya y qué esperan. Es también el momento de explicar cómo funciona la terapia de juego, qué se va a compartir con ellos y qué no, y de firmar el consentimiento informado.

Las sesiones con el niño

Lo habitual son sesiones semanales de 45 a 50 minutos, el mismo día, a la misma hora y en la misma sala. La constancia forma parte del tratamiento. Unos minutos antes de acabar se avisa del final («nos quedan cinco minutos») para que el niño pueda cerrar el juego sin sentir un corte brusco. No hay un número fijo de sesiones: muchos terapeutas revisan el proceso con la familia hacia la décima o duodécima y deciden con ellos si continuar, espaciar o cambiar de estrategia.

El cierre

El final se prepara con tiempo, anunciándolo varias sesiones antes. Para un niño que ha construido un vínculo seguro con el terapeuta, una despedida abrupta puede repetir justo la experiencia que le trajo a consulta.

El trabajo con los padres en la terapia de juego

Los padres no son espectadores. Una sesión con ellos cada tres o cinco sesiones con el niño permite compartir avances, recoger cómo va en casa y en el colegio, y ajustar pautas. Lo que el niño juega en la sala no se cuenta al detalle: se comparten los temas que aparecen y los cambios que se observan, y el niño debe saber que eso es así.

El consentimiento merece atención especial. Cuando los progenitores están separados, lo prudente es informar a ambos y contar con el consentimiento de los dos antes de empezar, salvo que una resolución judicial diga otra cosa. El Código Deontológico del Consejo General de la Psicología recoge las obligaciones de información y confidencialidad cuando se interviene con menores, y en el ámbito sanitario la Ley 41/2002 de autonomía del paciente regula el consentimiento por representación. Si tienes dudas con un caso concreto, tu colegio profesional suele tener un servicio de asesoría deontológica.

Si quieres profundizar en cómo encuadrar el trabajo con la familia según la edad, el artículo sobre la teoría del apego aplicada a la terapia y la guía sobre terapia con adolescentes tratan justo esa transición.

Evaluación y registro en la terapia de juego

Qué anotar después de cada sesión

Una nota breve, escrita el mismo día, vale más que una memoria perfecta al cabo de un mes. Suele bastar con cinco puntos: los temas que aparecieron en el juego, el tono emocional, cómo fue la relación contigo, qué límites hicieron falta y qué cambió respecto a la sesión anterior. Si trabajas con caja de arena o con dibujos, una foto de la escena final (con el permiso de la familia) permite comparar la evolución de un vistazo.

Medidas antes y después

Las impresiones clínicas conviene contrastarlas con algo más objetivo. Cuestionarios breves para padres y profesores, como el SDQ, aplicados al principio y en cada revisión, ayudan a ver si los cambios que notas en la sala llegan a casa y al colegio. Los indicadores de progreso más habituales dentro de la sesión son un juego más organizado y menos repetitivo, una mayor variedad de emociones expresadas, más capacidad para tolerar la frustración y una relación más cooperativa.

Cuándo la terapia de juego no basta

Hay situaciones que piden algo más o algo distinto: síntomas que empeoran pese al trabajo, ideas de muerte, autolesiones, pérdida de peso, síntomas psicóticos o un deterioro claro en el colegio. En esos casos hay que coordinar con pediatría o psiquiatría infantil y valorar tratamientos específicos con más evidencia para ese problema.

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Sospecha de maltrato o abuso. La sala de juego no es un lugar para investigar. Si el juego o lo que cuenta el niño te hace sospechar un maltrato, no hagas preguntas dirigidas ni intentes confirmarlo jugando: activa el protocolo de protección de menores que corresponda y comunícalo a los servicios competentes. Una entrevista forense tiene sus propias reglas y no la sustituye una sesión de juego.

¿Se puede hacer terapia de juego online?

Con matices. Con niños a partir de siete u ocho años funcionan bastante bien el dibujo compartido, las marionetas que el niño tiene en casa, las pizarras digitales o los juegos de mesa adaptados. Con los más pequeños, la sesión online directa pierde mucho, y suele dar mejor resultado un trabajo centrado en los padres, en la línea de la terapia filial, en el que el terapeuta guía y el adulto juega. Tienes más ideas prácticas en la guía de psicología infantil online.

Organizar una consulta de terapia de juego con My Psico Agenda

My Psico Agenda no juega por ti ni interpreta una escena de arena. Lo que resuelve es la parte administrativa, que en la consulta infantil tiene sus propias complicaciones: dos progenitores, facturas a nombre de uno de ellos, consentimientos de menores y citas semanales que no pueden fallar.

  • La ficha del menor recoge los datos del niño y los de la madre y el padre, cada uno con su DNI, y en ella eliges a nombre de quién salen las facturas. En la agenda la cita aparece con el nombre del niño, y el buscador lo encuentra también por el nombre de su madre o de su padre.
  • El consentimiento informado tiene una cláusula de menores que se rellena con los datos de la ficha. Puedes escribir tu propio texto con los marcadores del niño, la madre y el padre, y usar solo los que necesites. Además, puedes enviarlo para firmar a distancia con un enlace.
  • Los recordatorios por WhatsApp salen 24 horas antes al teléfono de la ficha, normalmente el de uno de los progenitores, con botones para confirmar o anular. Se pueden desactivar para un paciente concreto.
  • En la historia clínica escribes la nota de cada sesión con tus propias palabras, y en los archivos del paciente puedes guardar la foto de la caja de arena, un dibujo escaneado o el informe del colegio, hasta 25 MB por archivo.
  • Cada cita puede marcarse con el tipo «Terapia infantil», los bonos de sesiones encajan con los procesos semanales y la familia puede pedir o anular citas desde su espacio del paciente, siempre dentro de tu horario laboral.

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Preguntas frecuentes

Las dudas que más aparecen en consulta y en supervisión sobre la terapia de juego.

¿A partir de qué edad se puede hacer terapia de juego?

Se usa sobre todo entre los 3 y los 11 o 12 años, que es cuando el juego es el lenguaje natural del niño y la palabra todavía no alcanza para explicar lo que le pasa. Por debajo de los tres años el trabajo suele centrarse en la relación con los padres. A partir de los once, muchas técnicas siguen siendo útiles, pero se adaptan: juegos con reglas, dibujo, escritura o juego de roles, porque un preadolescente puede sentir que la casita de muñecas es cosa de pequeños.

¿Cuántas sesiones de terapia de juego hacen falta?

No hay una cifra fija. Depende del motivo de consulta, de la edad, del enfoque y de lo que ocurra en casa. Lo razonable es acordar con la familia una revisión hacia la décima o duodécima sesión, con los cuestionarios del principio repetidos, y decidir entonces si se continúa, se espacian las citas o se cambia de estrategia. Los procesos con más carga traumática o con muchos cambios en la familia suelen necesitar más tiempo.

¿Qué diferencia hay entre jugar con un niño y hacer terapia de juego?

La diferencia está en todo lo que rodea al juego: un modelo teórico que guía lo que haces y lo que no haces, un encuadre estable (misma sala, misma hora, mismos límites), unos objetivos acordados con la familia, una relación terapéutica y un profesional formado que observa, responde y registra la evolución. Un adulto cariñoso que juega con un niño le hace mucho bien, pero no está haciendo terapia de juego.

¿Los padres pueden estar dentro de la sala durante la sesión?

En la terapia de juego centrada en el niño lo habitual es que no, para que el espacio sea solo suyo. Hay excepciones razonables: niños muy pequeños, ansiedad de separación intensa en las primeras sesiones o enfoques como la terapia filial y Theraplay, en los que los padres juegan con el niño a propósito. En cualquier caso, los padres reciben información periódica en sesiones propias, sin que se cuente al detalle lo que el niño ha jugado.

¿Qué formación hace falta para hacer terapia de juego?

En España no existe un título oficial específico de terapeuta de juego: es una intervención que realizan profesionales de la psicología con formación de posgrado en psicología infantil y en el enfoque concreto que utilicen, además de supervisión de casos. En otros países hay acreditaciones propias, como la de la Association for Play Therapy en Estados Unidos o la de la BAPT en el Reino Unido. Lo que no basta es haber leído un libro y tener una caja de juguetes.

¿Sirve la terapia de juego para niños con autismo?

Puede ayudar con aspectos concretos, como la ansiedad, la regulación emocional o la relación con los padres, pero no sustituye a las intervenciones específicas para los rasgos nucleares del autismo, como las basadas en el desarrollo y en el juego naturalista con implicación de la familia. Lo sensato es coordinarse con el equipo que lleva el caso y usar el juego dentro de ese plan. Tienes más contexto en el artículo sobre el trastorno del espectro autista.